sábado, 18 de mayo de 2013

Romanticismo aterrizado

Amor y letras (Liberal Arts, EUA, 2012, la segunda película de Josh Radnor como escritor y director, luego de su debut Happythankyoumoreplease (2010), insiste en los temas que lo han hecho famoso como actor, particularmente gracias a la desigual serie de televisión que protagoniza desde hace años, How I Met Your Mother.
Sin embargo, lo que en este popular programa es mera extravagancia alrededor de las relaciones amorosas, en su más reciente filme se convierte en oportuna crítica de ciertas élites (literarias, en este caso), en una tradición que lo conecta con el mejor Woody Allen; todo ello con el agregado de que el cine de Radnor tiene la ventaja de no ser catalogado de inmediato como de índole intelectual (léase pretenciosa).
Radnor deja de lado el humor delirante que lo ha hecho famoso en favor de una comedia romántica entendida como crítica de lo supuestamente intocable: el humanismo, la cultura, el arte y la literatura; palabras capaces de contagiar con su prestigio a quienes las usan y que la película se atreve a poner en entredicho.
En Amor y letras, Radnor interpreta a Jesse, un empleado que regresa hasta su idealizada universidad de Ohio para homenajear a un ex profesor. Sumido en la nostalgia de sus años como estudiante de letras, Jesse, de 35, conoce a Zibby (Elizabeth Olsen), una atractiva alumna con la cual comparte el amor por la literatura pero que es 16 años menor que él.
Además de seguir las desventuras amorosas de Jesse, la película se centra en la posibilidad del cinismo como forma de afrontar las carencias de los literatos, incapaces de combinar lo aprendido en las aulas con su desempeño en el mundo, con frecuencia deficiente. En semejante escenario, los personajes se debaten entre la ingenuidad y la amargura, cuando no en el intento de suicidio, con todo y referencia a la obra de un escritor de muerte trágica como David Foster Wallace y su novela La broma infinita.
Casi por nada Jesse es el encargado de las admisiones en una universidad de Nueva York, por lo que está al tanto de los más variados impulsos y malentendidos alrededor de la educación universitaria, como queda claro desde la primera escena.
Sin embargo, Amor y letras es una comedia que hacia el final ofrece una solución, pertinente o no, ya se verá, a propósito de una de las grandes contradicciones de quienes se dedican al estudio de las letras: el descubrimiento de que con frecuencia la personalidad de los estudiosos de la más bella literatura está marcada por la misantropía y la represión del sentimentalismo que cierta narrativa tanto reivindica. Como lo dice uno de los personajes: “Pon una armadura alrededor de ese empalagoso corazoncito tuyo”.
Un tono de comedia que no renuncia a la densidad de las ideas, a veces con mayor tino que muchos críticos literarios. En un pasaje, Jesse conversa con un joven acerca de la utilidad de la literatura: dicen que leemos para combatir la soledad, explica, pero leer te puede dejar sin vida social, agrega. Esa es una de las claves de la película, la principal preocupación de Jesse: ¿con quién comparte su vida el literato? Con los libros, dirán algunos.
Eternamente comprometidos (The Five-Year Engagement), de Nicholas Stoller, que ya comentamos en su momento en estas páginas, también abordaba los problemas internos de la academia norteamericana. La cinta de Stoller se ocupaba del gremio de los psicólogos, que en los literatos de Amor y letras encontraría sin duda un filón inagotable. Otro de los juegos de la cinta: el guía de Jesse en los misterios del campus es un joven con gorro peruano interpretado por un galán de adolescentes, Zac Efron.
El filme se burla de los tópicos y asume la consabida dificultad de los literatos para encontrar un trabajo, aunque como decíamos no se queda en ello y aporta una solución al vértigo del protagonista durante su viaje al pasado: el amor a la literatura encuentra su culmen cuando es una forma más de la pasión amorosa, como queda claro en la decisión final de Jesse.
Habrá quien critique el afán “conservador” de la película, al mostrar las tribulaciones de un personaje que se niega el placer de estar con quien más lo tienta. Es lo que implica hacer una película con rasgos de romanticismo aterrizado y no autodestructivo.


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