sábado, 29 de octubre de 2011

'Biutiful' y el problema del fantasma

Blanco de críticas mixtas en su país y fuera de él, finalmente derrotada en su carrera por el Oscar y el Globo de Oro, premios en los cuales estuvo nominada en la categoría de mejor película extranjera, lo mejor que se puede decir de Biutiful, del director de Amores perros, Alejandro González Iñárritu, es en principio muy simple: no es tan mala como la pintan.
Acerca de Biutiful se ha dicho que es una película en principio muy densa, al tratar una diversidad de temas, no todos ellos imprescindibles para la historia principal, que es la siguiente: las desventuras de un español, Uxbal (Javier Bardem), quien trata de sobrevivir en la Barcelona de los tiempos que corren. Y sí, en la película también aparecen otros personajes que en determinado momento de la trama ocupan un espacio o desempeñan una función que pareciera ser ajena a la historia principal, es decir, la historia de Uxbal y su lucha en una ciudad llena de contradicciones como la Barcelona actual.
Uxbal es el padre de dos hijos pequeños, a los cuales tiene que cuidar sin la ayuda de la madre de estos, Marambra (Maricel Álvarez) porque ésta tiene un problema de adicción a las drogas. Uxbal se ve obligado a lidiar con las recaídas de su mujer, al mismo tiempo que a él le diagnostican una enfermedad muy grave. Para ganar dinero, el hombre lidera a un grupo de inmigrantes africanos, quienes se dedican a la venta de piratería; una mercancía que se elabora en el taller de los socios de Uxbal, una pareja de chinos, quienes están al frente de otro grupo de inmigrantes ilegales. Estos últimos, que también provienen de China, viven prácticamente como esclavos, en las peores condiciones de trabajo.
Detalle muy importante: Uxbal tiene poderes sobrenaturales, puede hablar con los muertos, una habilidad de la cual también obtiene dinero, porque los familiares de los fallecidos le dan unos euros a cambio de que les cuente noticias del más allá.
“Veo gente muerta” decía el niño de la famosa película de terror sobrenatural Sexto sentido, con la cual Biutiful comparte más de una característica, sobre todo en lo que respecta a la presencia de un vidente que sirve de benefactor entre los vivos y los muertos. A propósito de esta cuestión es importante decir que, al igual que sucedía en Sexto sentido, no estamos ante una simple alucinación del personaje principal, es decir, no hay una indicación en la historia que nos permita interpretar la película de esa forma, así que el espectador está ante una propuesta muy clara: la historia exige ser vista como una fantasía sobrenatural, cine fantástico, dirán algunos.  
Hay varios detalles en la historia, decíamos antes, que han sido interpretados como excesivos. Por ejemplo: uno de los empresarios chinos está casado, pero al mismo tiempo es amante de su compañero de trabajo. Así, el espectador también se entera de los problemas de estos amantes, cuando viven su relación homosexual en secreto, en el mismo seno de una familia tradicional: la mujer y los hijos de uno de ellos.
Sin embargo, sin perjuicio de sus posibles defectos narrativos (que los hay, como diremos), nos parece que el nexo que bien puede unir las diferentes historias secundarias (o al menos lo intenta) es precisamente el poder sobrenatural del protagonista. Pero el problema que vemos con lo anterior es que Biutiful no es creíble como cine fantástico, porque propone unas determinadas reglas del juego que luego rompe arbitrariamente, como explicaremos. (Avisamos que para hacerlo hay que contar ciertos detalles del argumento, cosa que nos permitimos sobre todo porque la película fue estrenada hace tiempo en México y ha sido muy comentada.)
Es decir, Biutiful comienza como una película realista, con Uxbal que habla con su hija en un contexto muy cotidiano pero, de repente, nos instala en el otro mundo, en el más allá, que aquí es visto como un lugar nevado donde los muertos se encuentran y conversan, en lo que parece ser la puerta de entrada al paraíso, como se insinúa.
Otra cosa sería haber empezado la película con la escena del paisaje nevado: de esa forma, el espectador habría sido puesto en situación desde el principio, para luego permitirse, ya con otras condiciones, harto distintas, la propuesta de una historia sobrenatural donde vivos y muertos se enfrentan entre sí, cosa que sí ocurre, por ejemplo, en otra famosa película española, Los otros.
No obstante, de Biutiful puede resaltarse la actuación de Bardem, así como de buena parte del elenco, además de una desmitificación de la idea de Barcelona como ciudad idealizada donde, para sorpresa de algunos, hay problemas sociales que normalmente no se asocian con las metrópolis europeas. Esto último dicho con todas las reservas del caso. 

 

PD: Publicado originalmente en el número de mayo de la revista mexicana Junio 7.

viernes, 28 de octubre de 2011

'El árbol de la vida'


Precedida por el gran premio del Festival de Cannes, la Palma de Oro como mejor película y por el beneplácito de la crítica norteamericana, El árbol de la vida (The Tree of Life, EUA, 2011) es una película nada menos que de Terrence Malick, director con 40 años de carrera y “sólo” cinco películas, desde que debutó en 1973.  Desde entonces se ha dedicado a construir una de las trayectorias más reconocidas del medio.
El espectador mexicano tal vez lo recuerde por La delgada línea roja (1998), película acerca de la batalla del Guadalcanal, durante la II Guerra. Una cinta de más de dos horas y media que lo retrata como cineasta: en ella se distingue su fijación por la naturaleza, que es vista como un espectáculosublime en el cual irrumpe el hombre pecador; o bien, esos arrebatos místicos acerca del “sentido de la vida”, así como constantes dudas acerca del plan divino, al cual finalmente los personajes se rinden, como en apariencia no puede ser de otra forma.
No es muy distinto lo que ocurre en esta su más reciente película, porque el alegato pacifista acerca de la inutilidad de la guerra de La delgada línea roja se repite en El árbol de la vida bajo la forma del fracaso del autoritarismo paterno, que sólo consigue exacerbar la agresividad del hijo y termina por convertirlo en un rebelde torturador de animales, nos cuentan. Mientras, la madre es mostrada casi como una virgen bondadosa que prodiga amor sin límites y en una escena flota por los aires, en lo que parece ser el ensueño de uno de los personajes.
La delgada línea roja y El nuevo mundo (su relato de la fundación de Jamestown, durante la colonización inglesa en América) conseguían retratar el drama del rotundo fracaso de un amor: en la primera, con la desafortunada historia de un soldado que es abandonado por su novia, quien lo deja por otro mientras él está nada menos que en el frente; en la segunda, en las figuras históricas de John Smith y Pocahontas.
Ahora Malick retrata, desde la perspectiva de los hijos, la distancia entre estos y el padre, a veces amoroso y otras tantas ocasiones de carácter fuerte y exigente, a veces brutal. Sin embargo la conclusión es harto distinta: ahora los personajes se enfrentan pero al final son redimidos por el amor que predica la madre y, en una escena que asombra por su vulgaridad, se reúnen en un más allá armónico que tiene el aspecto de una playa y otras veces de un desierto.
Lo mejor de la película está en el relato, muy brillante, del desarrollo de los hijos, desde que son apenas unos bebés. Malick hace que los personajes interactúen con el agua, el viento, en una especie de fiesta con la naturaleza, que destaca más cuando se le usa no como Madre suprema sino como campo de juegos. La música clásica y la ópera, que en apariencia solo están ahí para hacer aun más solemne el relato, en realidad responden a los gustos del padre, como luego se revela.
En los últimos años el documental de tintes ecologistas ha retratado con grandes alardes técnicos la complejidad de la flora y la fauna del orbe, así como las imponentes montañas y mares. Por eso el ejercicio de Malick tal vez llegue un poco tarde y solo pueda ser redimido por sus mayores osadías.
El riesgo es mayúsculo y la ambición no siempre se refleja en aciertos. La peor parte le corresponde al actor Sean Penn, que interpreta a uno de los niños en la edad adulta. El actor camina por la ciudad con la mirada perdida, hastiado al parecer por su vacío existencial o por la muerte de uno de los personajes, no se sabe con certeza. Lo cierto es que luego lo vemos caminar sin rumbo aparente por desolados parajes, hasta una conclusión tan predecible como ingenua.
Sus ideas son más efectivas cuando el riesgo parece mayor, decíamos: la aparición de un dinosaurio en una playa desierta, por ejemplo. Luego, otro más en un bosque. Imágenes como esas en el contexto de un drama familiar lejos de ser inapropiadas le dan otro sentido al conjunto. Malick pretende poner en escena ese “algo” trascendental tan propio de su cine, en una película que propone un viaje desde la creación hasta un apacible apocalipsis. 

lunes, 24 de octubre de 2011

La política aterra

El director norteamericano Kevin Smith, conocido por películas como Mallrats (1995) y Persiguiendo a Amy (1997), presenta ahora su más reciente película, Red State (EUA, 2011), que aborda el conflicto entre el Estado y ciertas confesiones religiosas, en este caso una secta protestante, la Iglesia de los Cinco Puntos, cuyo principal objetivo es acabar con los homosexuales.
En sus primeras películas Smith ganó celebridad por sus personajes juveniles, como los interpretados por Jason Lee y Ben Affleck, quienes intervenían en argumentos a medio camino entre el homenaje y la parodia de la comedia romántica norteamericana.
Para contrarrestar los excesos sentimentales de este subgénero, del cual hablamos ampliamente la semana pasada (ver edición del 14/octubre/2011), Smith echó mano de las historietas, la moda desaliñada de aquellos años y la música rock, aficiones de sus antihéroes, capaces de la actitud más cool aunque también de lo cursi. A fin de cuentas estos tenían más cosas en común con los galanes tradicionales de lo que estaban dispuestos a admitir. El paladín del postgrunge a fin de cuentas también tenía que seguir a su corazón.
El problema fue cuando Smith asumió lo anterior sin la más mínima distancia, en comedias románticas desprovistas de ironía como Una chica de Jersey, evidente síntoma de que el director, otrora capaz del sarcasmo, tenía un problema. Se había vendido, pues.
Ahora, en España, RedState acaba de alzarse como la ganadora del premio a mejor película en Sitges, uno de los festivales de cine fantástico y de terror más importantes del mundo. Pero, a juzgar por los comentarios de las redes sociales (la página de facebookdel festival, por ejemplo) abundan las decepciones ante una película que ni es de terror y que es puro tiroteo, nos cuentan.
Red State da inicio como la típica película de Smith: un grupo de jóvenes preparatorianos que pacta una cita erótica por internet con una mujer madura, pero la historia da un giro y todo resulta ser la trampa de una peligrosa secta que se dedica a asesinar homosexuales (“o algo peor”, como dice uno de los feligreses).
Como la secta ya tiene sus antecedentes (ni los grupos neonazis quieren estar relacionados con ellos), la policía federal interviene para enfrentarla, con fatales consecuencias.
La película se ciñe a contenidos exclusivamente “realistas”, desde el momento en que en los Estados Unidos la animosidad de esa clase de grupos está más que comprobada (como en el caso del asedio de Waco, Texas). La puesta en escena apocalíptica de Smith en ningún momento toma la deriva fantástica, de la misma forma que el director Steven Soderbergh se niega a convertir Contagio en historia de zombis, hoy tan en boga.
Smith se toma su tiempo para que Abin Cooper (Michael Parks) exponga sus particulares ideas “teológicas” ante sus feligreses. Para ello se apoya en la interpretación de Parks (premiado como mejor actor en Sitges), quien encarna a uno de los villanos más destacados del año. Solo hay que reparar en su sermón o escuchar esos himnos, para entender que los jóvenes aventureros se han metido en un problema terrible. O esa conversación entre Abin Cooper y el comisario Wynan (Stephen Root), con los convincentes argumentos del primero.
El estupendo desempeño del elenco se completa con la ganadora del Oscar Melissa Leo y John Goodman: este último es quien sostiene el polémico desenlace de la película. Es poco lo que podemos decir de este, como es obvio. Solo agregaremos que los tiroteos ceden el paso a una escena muy teatral en la cual el personaje de Goodman, Keenan, tiene que rendir cuentas a sus superiores por los resultados de la operación.
Ahí, en ese vilipendiado final, radica el principal mérito de la película, porque nos muestra lo que ocurre en las más altas cúpulas del poder. El Estado es un poder capaz de ejercer la violencia más brutal para imponer su orden, mientras Smith desvela ese secreto por medio de diálogos cínicos y humor negro.
Es decir, la película propone un cónclave estatal contra los ciudadanos como apoteosis del horror, mientras que la coherencia con el proyecto personal, por más delirante que sea, está personificada por un psicópata. La política aterra. 


martes, 18 de octubre de 2011

Javier tiene una relación complicada

Qué pena tu vida (Chile, 2010), de Nicolás López, es una comedia romántica acerca de las consecuencias del rompimiento entre Javier (Ariel Levy), un publicista y Sofía (Lucy Cominetti), quien empieza una nueva relación con el cantante pop de moda. La confidente del primero es Ángela (Andrea Velasco), su amiga de la infancia, quien tiene que escuchar los lamentos del joven y apoyarlo.
Qué pena tu vida cuenta la historia de las aventuras de Javier, quien está de regreso entre los solteros para confirmar una vez más que en las películas de este tipo el ligue nocturno es el camino más corto hacia el delirio.
De esa forma, la película recorre un camino que ya ha sido surcado hasta el hartazgo por el cine norteamericano, como puede verse en películas como Cuando Harry encontró a Sally (1989) y tantas otras, acerca de los desencuentros entre una pareja que finalmente descubre que el amor está al alcance de la mano y cuando se sufre es solo por necedad. Lo mismo puede decirse de películas más recientes, como Amigos con derechos (2011), con Natalie Portman y Ashton Kutcher.
Acaso sea Nora Ephron, guionista de Cuando Harry encontró a Sally, directora de Algo para recordar (Sleepless in Seattle, 1993), una de las principales artífices de este tipo de películas, en un cine como el norteamericano, con una nómina de actores como Gary Grant, Audrey Hepburn, Katharine Hepburn e incluso Marilyn Monroe,  quienes en algún momento de sus carreras probaron fortuna (y ganaron celebridad) con la comedia romántica.
Una cinematografía, la norteamericana, que además tiene en su haber algunas de las mejores películas de Woody Allen, que fácilmente podrían inscribirse en este subgénero, ya sea para criticarlo o llevarlo hasta el límite, como ocurre en Annie Hall, Manhattan o Hannah y sus hermanas
Así, la cinta de López recurre a una tradición trasmutada en fórmula ya muy conocida pero que no parece dar señales de cansancio, toda vez que su trabajo ha sido un éxito de taquilla en su país y ya cuenta con una secuela, Qué pena tu boda, del mismo director. Qué pena tu vida no tiene mayor misterio en tanto que recurre a un homenaje (al plagio, dirán otros) como estrategia tanto narrativa como de mercadotecnia.
Sin embargo, una de las aportaciones de la película, digamos, está en el acento que pone a propósito de la influencia de las redes sociales en el romance del siglo XXI: “¿Cómo te  desconectas de alguien si siempre estás conectado?”, dice su eslogan. Las nuevas tecnologías y la forma en la cual condicionan la forma en que las parejas se conocen e interactúan, como en su momento ocurrió con Tienes un e-m@il (1998), con Meg Ryan y Tom Hanks. O bien, 40 días y 40 noches, con Josh Hartnett.
El otro logro de la cinta es la elección de un elenco que viene a pedir de boca para la puesta en escena de los ciberdramas posteriores al facebook y al Twitter, en una sociedad donde Steve Jobs tiene más poder de convocatoria entre la gente que cualquiera de los recientes premios Nobel de medicina.
Levy logra encarnar muy bien al perdedor computarizado y, para mayor ironía, solitario. Y a veces, cuando tiene compañía, más le valdría estar solo, como lo prueba una de las mejores escenas de la cinta, con Úrsula (Ignacia Allamand), la rubia “nazi” que no soporta a los “down”.
La película podrá parecer frívola para el criterio de algunos, en una América hispana donde el mayor elogio para una película de este tipo es decir “no parece mexicana”, o chilena, acostumbrados como estamos a la telenovela más vulgar como nuestro principal producto de exportación.
No obstante, hay que reconocer la habilidad de López para proponer una ciudad, Santiago, como escenario para el romance de cine, con esas escenas que resaltan su arquitectura, sus parques, su belleza nocturna y su gente.
Su gente, sobre todo: la madre, por ejemplo (excelente Claudia Celedón), o el barman (Nicolás Martínez) que le propone a su amigo un juego carcelario que no es de homosexuales, aunque lo parezca.
Qué pena tu vida tal vez no tenga el prestigio del drama y otros géneros más respetados entre nosotros, pero eso no implica que tenga que pedir disculpas por su ligereza.

lunes, 10 de octubre de 2011

Diseñar prejuicios

El hombre de al lado (Argentina, 2009), de Mariano Cohn y Gastón Duprat, cuenta la historia de Leonardo (Rafael Spregelburd), un diseñador de muebles quien vive en una casa construida por el famoso arquitecto Le Corbusier, en La Plata. Un día, Víctor (Daniel Aráoz), el vecino de la casa de junto, abre una ventana en la pared medianera, con vista hacia la propiedad de Leonardo, lo cual dará inicio a una conflictiva relación entre ambos personajes, quienes no pueden ser más diferentes: la sofisticación de un artista frente a un vendedor de automóviles usados.
De entrada es importante resaltar que el domicilio del protagonista es nada menos que la casa Curutchet, la única que Le Corbusier construyó en la América hispana. Lo anterior la convierte en todo un trofeo de la exclusividad, sobre todo si pensamos en la enorme influencia que el suizo ha tenido para la historia de la arquitectura y el diseño: a lo largo de la película se ve a los turistas sacar fotografías frente a la casa, mientras su dueño discute acaloradamente con alguno. Por eso resulta también tan escandaloso para Leonardo que Víctor quiera alterar la vista de su casa de buenas a primeras.
A continuación los directores Cohn y Duprat, por medio de un guión de Andrés Duprat, se dedican a contrastar las enormes diferencias que hay entre los vecinos, en varias escenas que evidencian la imposibilidad de un nexo amistoso. Se subraya el abismo que separa, al menos en el caso que nos ocupa, a las élites, a ciertos gremios, del llamado “común de los mortales”. Leonardo trata de explicarle a Víctor que sus reformas son ilegales, pero este trata de convencerlo de que lo deje continuar, porque a su casa le hace falta luz: “Necesito un poco del sol que vos no usás”, dice Víctor.
Comienza así el calvario del diseñador, digamos, pero en el proceso salen a relucir otras facetas de su personalidad no tan exquisitas como los objetos que lo rodean. Véase la crítica, llena de sarcasmos, que Leonardo hace del trabajo de sus alumnos: el diseñador se burla de las maquetas de los jóvenes. Luego hay que comparar lo anterior con la actitud insegura de Leonardo ante la figura de metal de Víctor, quien ha mostrado en otra escena que tiene un carácter muy fuerte, así que Leonardo le teme: por eso acepta el regalo aunque en realidad no le guste.
Hay otras películas que nos muestran a personajes de origen humilde que, desde la legitimidad que les da su iniciativa de tomar lo que desean por medio de la fuerza, se rebelan contra los entendidos en arte, a veces de forma brutal; así ocurre en Kalifornia (EUA, 1993), de Dominic Sena, donde el personaje interpretado por Brad Pitt, un peligroso asesino psicópata, se burla de las fotografías de desnudos que ha tomado una de sus víctimas. O la destrucción de obras de arte que lleva a cabo en un museo El Guasón de Jack Nicholson en Batman (EUA| Reino Unido, 1989), de Tim Burton. El sonriente villano se atreve hasta a enmendar la plana a los maestros de la pintura, por medio de brochazos improvisados.
Estamos ante el potente mito de la cultura, en este caso ejemplificado en el diseñador de una silla que le ha dado celebridad a su autor, porque es ganadora de un premio en Europa. Están puestos todos los ingredientes para retratar al artista pedante, ajeno a lo popular, aunque esto último tampoco sea glorificado. Los directores se limitan a mostrar, sin caer en la caricatura o la farsa, un determinado estilo de vida, exquisito, que simplemente no puede convivir con el desparpajo y la vulgaridad de otro, ya no en nombre de los preceptos de la  arquitectura o el diseño, sino de los prejuicios de clase.
Otra película habría elegido la vía de la reconciliación, como frecuentemente ocurre cuando se cuentan historias de personajes muy distintos obligados a convivir por las circunstancias. La conclusión, con todo y que estamos ante una comedia de humor negro, nos pone frente a la tragedia de una convivencia imposible.

viernes, 7 de octubre de 2011

Suplantado en una ciudad sin historia


El director español Jaume Collet-Serra está al frente de la cinta Desconocido (Unknown, Reino Unido| Alemania| Francia| Canadá| Japón| EUA, 2011), incursión en el cine de acción después de la película de terror La huérfana, que ya hemos comentado en estas mismas páginas (ver edición del 20/mayo/2011).
Ahora nos cuenta la historia de un científico, Martin Harris (Liam Neeson), quien llega hasta Berlín acompañado de su esposa Liz (January Jones), para participar en un congreso de biotecnología. Harris sufre un accidente automovilístico y sus facultades quedan afectadas, pero todavía falta lo peor: cuando trata de reunirse con su mujer no solo resulta que esta no lo reconoce, sino que además otro hombre (Aidan Quinn) se presenta como el “verdadero” Martin Harris. Cuando trata de delatar al usurpador, como es obvio, todos lo toman por loco. Comienza así una aventura para tratar de recuperar su identidad.
Igual que pasaba en La huérfana, el punto débil de Collet-Serra es la verosimilitud. Primero, una cadena de accidentes (demasiadas casualidades), que provocan que el personaje olvide su portafolio (donde lleva su identificación) en el aeropuerto. Por eso no puede probarle a nadie que él en realidad es el doctor Martin Harris.
Luego, pareciera que la justicia en Berlín depende del departamento de seguridad de un hotel, porque fuera de ahí los criminales campean a sus anchas, durante persecuciones y balaceras por las calles de Berlín a las que nadie pone freno a tiempo.
El personaje de Neeson tiene la suerte de ser auxiliado por la taxista bosnia Gina (Diane Kruger), quien lo ayuda a escapar de sus perseguidores, entre ellos un matón croata. Además, Harris contacta a un ex agente de la Stasi (el servicio secreto de la República Democrática Alemana), como si fuera tan fácil, Ernst Jürgen, interpretado nada menos que por Bruno Ganz, a quien el lector seguramente recordará por su interpretación de Hitler en La caída (o sus parodias, fácilmente localizables en YouTube).  Es decir, en el Berlín de la Unión Europea uno está expuesto a las experiencias más variopintas, si nos atenemos a la película.
Sin embargo, todo lo anterior no va en demérito de uno de los aciertos de la película: sus escenas de acción, así como su intriga alrededor de la identidad del personaje: ¿quién es Martin Harris? ¿Por qué alguien querría suplantarlo?
Y es precisamente Bruno Ganz quien enfatiza la importancia de la historia: “los alemanes somos expertos en olvidar”, dice, “olvidamos que fuimos nazis, ahora hemos olvidado por completo casi 40 años de comunismo”. Ahí está lo mejor del filme: la idea de que un viejo agente de la Stasi se muestre orgulloso de su pasado, en un mundo donde el bloque socialista se ha vuelto sinónimo de opresión, como puede verse en otra película, La vida de los otros. Curiosamente, el protagonista de esta, Sebastian Koch, también tiene un papel en Desconocido. Menuda incorrección política: proponer a uno de la Stasi como un héroe.
Cuando finalmente el misterio desaparece y el espectador se entera de qué se trata todo este asunto de la identidad del científico, el principal sorprendido es el mismo Martin Harris, en la línea de películas como Corazón satánico (Angel Heart) y su revelación final.
La crítica ha mencionado el antecedente de la saga de Jason Bourne, de quien ya hemos hablado en múltiples ocasiones. En efecto, el personaje del asesino que es perseguido por la agencia gubernamental que lo entrenó se nos muestra una vez más como uno de los más influyentes de los últimos años.
Bourne tenía que cargar con el peso de haber asesinado a varias personas, lo cual también atribula a uno de los personajes en Desconocido. ¿Basta la amnesia para dejar de lado los crímenes que se cometieron en el pasado? Según la película sí y eso nos lo deja muy claro: la redención es posible por medio del heroísmo, que nos exoneraría de tener que responder por nuestros actos, por más horrendos que hayan sido. Algo digno de discutirse, sin duda. 

 





lunes, 3 de octubre de 2011

Mutantes de la Guerra fría



Los personajes de historieta se mantienen como una de las apuestas de la industria cinematográfica para obtener grandes beneficios en una taquilla que otras opciones de entretenimiento ponen cada vez más en entredicho. De ahí que lo primordial sea el espectáculo, construido especialmente para ser apreciado en la pantalla grande. Muestra de ello es el estreno de X-Men: Primera generación (X-Men: First Class, EUA, 2011), del director inglés Matthew Vaughn, el mismo de Kick-Ass: Un superhéroe sin súper poderes
Como se sabe, Los Hombres X fueron construidos por el ubicuo Stan Lee y el dibujante Jack Kirby en los años sesentas. El cómic cuenta lo que ocurre cuando comienzan a aparecer mutantes, seres humanos que han desarrollado súper poderes como la telepatía, y la telequinesis, o bien otros como la fuerza sobrehumana, la invisibilidad o la capacidad para volar. Como era de esperarse, la irrupción de estas personas con “capacidades especiales”, digamos, provoca tanto fascinación como horror, esto último a veces por meros prejuicios, otras veces por razones más justificadas: porque si bien hay mutantes inofensivos y nobles otros son muy agresivos, cuando no peligrosos psicópatas.
En ese contexto surge un líder armonista, el Profesor X, Charles Xavier, quien comienza a reclutar mutantes para educarlos en una escuela especial de la cual es fundador: su objetivo es integrarlos a la sociedad. Al mismo tiempo un viejo amigo del anterior, Magneto, ahora convertido en su enemigo, piensa de una forma harto distinta: los mutantes son superiores a los humanos comunes, así que con ellos no cabe la convivencia sino sólo someterlos.
En base a lo anterior han aparecido toneladas de comics, videojuegos, series de animación para la TV y varias películas, que cuentan el enfrentamiento entre ambos bandos: Bryan Singer se encargó, con tino, de dirigir las dos primeras partes, en 2000 y 2003; en 2006 se estrenó X-Men: La Batalla Final. También hay dos películas complementarias: una de ellas es X-Men Orígenes: Wolverine, dedicada al famoso personaje del título, Logan, alias Wolverine, en la cual se nos cuenta su origen. La otra película es esta que ahora comentamos, X-Men: Primera generación, que viene a ser una precuela, es decir, nos cuenta el origen de la amistad y posterior rompimiento entre Xavier y Magneto.
Así, el espectador que no sea un iniciado en las historietas o en las películas que han inspirado está ante una disyuntiva: puede invertir su valioso tiempo en ver las películas que se han mencionado que preceden a X-Men: Primera generación. Si hace eso le aseguramos que podrá disfrutar de varios chistes o guiños que se hacen exclusivamente para quienes conocen el material. O bien, puede aprovechar y empezar la historia por el principio y, si le parece interesante, continuar.
X-Men: Primera generación está ambientada en los años sesentas, en 1962 para ser exactos. Un super villano, Bernard Shaw (Kevin Bacon), intenta provocar una hecatombe nuclear, mientras Xavier (James McAvoy) y Magneto (Michael Fassbender), que en aquel entonces eran amigos, no se olvide), intentan detenerlo. El primero por las buenas, porque es pacifista, como hemos dicho; el segundo porque quiere vengarse por una vieja afrenta.
La película es poseedora de todas las virtudes que busca el aficionado de las películas de superhéroes: tiene escenas de acción, así como la consabida mezcla de ciencia ficción y fantasía, solventada por cuidados efectos especiales. O bien, la presencia de mujeres de belleza espectacular en el papel de heroínas (o villanas). Y conste que decimos “el aficionado” y no “el fanático”, porque este último por lo general es un purista como los personajes de La teoría del Big Bang, quien erróneamente cree que el cine está sólo para concretar sus obsesiones. Así que, decíamos, quien guste de este tipo de cine no se sentirá defraudado.
Ahora, el problema, nos parece, es la candidez con la cual está filmada esta película. No sólo está ambientada en plena Guerra fría, sino que además se sitúa desde esa perspectiva. Así, el espectador tiene que soportar que se señale a los soviéticos como aliados de los villanos, mientras que los héroes son aliados de la CIA. Un maniqueísmo de historieta, dirán algunos. No necesariamente, porque otros personajes, como Batman, por ejemplo,con frecuencia muestran las contradicciones de la política.
Alguien podrá decir que el cine no tiene por qué reflejar la realidad y sólo contar una historia con verosimilitud. Pues esta es precisamente la que queda comprometida cuando se adopta la visión propagandística de los EUA. No se puede hacer una película sobre la Guerra fría como si todo lo que ha pasado desde entonces simplemente no hubiera tenido lugar. Lo mejor: las actuaciones de Fassbender y McAvoy. 

 

La gran aventura del verano



Pocos cineastas han sido tan admirados y criticados como Steven Spielberg. Sin duda se le reconoce como el constructor de algunos de los hitos cinematográficos más significativos desde los años setentas, con Tiburón, E.T. e Indiana Jones en su repertorio, al mismo tiempo que se le señala, a veces desde el nihilismo, como un propagandista de la familia y sus valores.
O bien, como un cineasta técnicamente dotado pero fallido al momento de hacer “cine de arte”, como le habría pasado con películas como El imperio del sol o Salvando al soldado Ryan. Lo cierto es que su cine es representativo de una época, mientras que su capacidad de influir a cineastas más jóvenes es una muestra de su permanencia en el centro del debate acerca de la vitalidad de una industria en plena transformación.
El “discípulo” en este caso es JJ Abrahams (1966), quien se dio a conocer a finales de los noventas como el creador de la telenovela Felicity. Más tarde tuvo otro éxito con la serie de acción y espionaje internacional Alias y en 2004 se estrenaría con gran impacto Perdidos, todo un fenómeno televisivo para los amantes de la fantasía.
Guionista de cierta trayectoria, como el escritor de Eternamente joven (con Mel Gibson) y la superproducción Armaggedon, después de su éxito en televisión Abrahams logró involucrarse en proyectos como Misión imposible 3, de la cual supo salir avante y, sobre todo, la precuela de Star Trek. Y si en la primera tuvo que lidiar con su responsabilidad como orquestador del vehículo de lucimiento de Tom Cruise, con la segunda se enfrentó acaso con algo peor: los fans de la serie, quienes para su buena fortuna lo aprobaron.
A esas alturas, Abrahams había demostrado su habilidad como contador de sustanciosas historias de ciencia ficción, que no dejaban de lado el interés por los personajes. Sin embargo, en Super 8, lejos de ser el simple pastiche de Spielberg (en la versión de ciertos críticos de cine), Abrahams tiene su mejor película hasta la fecha.
Súper 8 (Super 8, EUA, 2011) cuenta la historia de un grupo de adolescentes, quienes viven en un pequeño pueblo de los Estados Unidos, el ficticio Lillian, Ohio, en pleno verano de 1979.
Los jóvenes se dedican a grabar una película de zombis en el formato casero de súper 8 mm, cuando por mera casualidad se convierten en testigos de un espectacular accidente de un ferrocarril. Y el cargamento del tren, a cargo del ejército, resulta ser nada menos que un extraterrestre, con las consecuencias del caso para el pueblo y sus habitantes.
Problema mayúsculo, acaso uno de los más desafiantes del cine de ciencia ficción y fantasía, es representar al extraterrestre. Pocas cosas han estimulado de esa forma la llamada “cultura popular”, entre el delirio de las conspiraciones y la obsesión de ciertos ciudadanos  por apelar a la vida después de la muerte al margen de la religión.
Sin embargo, no es esa la mayor apuesta de la película y cuando finalmente el espectador puede ver al monstruo éste no resalta por su originalidad (se parece un poco a los extraterrestres de la nueva serie de Spielberg, precisamente, Falling Skies). Mucho más interesante es su nave espacial, que los muchachos de la película relacionan con un cubo de rubik, otro artefacto típicamente ochentero. Hay un video casero, como en aquellas escenas de Lost, en el cual se explica parte del misterio y siempre hay una parte que, con sabiduría, se omite.
Pero no, lo mejor de la película no está en sus escenas de acción o los misterios a los cuales alude con sutileza  (¿de qué le sirven al extraterrestre los humanos en su improvisado “laboratorio”?), sino en la interacción entre sus personajes adolescentes.
Pocas veces en este año el sentido del humor había tomado formas tan inteligentes, con diálogos como los sostenidos entre entre Joe (Joel Courtney) y sus amigos, sobre todo en el caso del dictatorial Kaznyk (Riley Griffiths). ¿Y la historia de amor veraniego entre Joe y Alice (Elle Fanning)? Podría alegarse que los jóvenes responden a tópicos: el gordo, el de lentes, el miedoso (o sus combinaciones). Pero se olvida que los tópicos en ocasiones tienen su lado real y aquí los muchachos no están caricaturizados, sino construidos con lo mejor de la tradición para gloria del género. 


El títere se rebela


Los agentes del destino (The Adjustment Bureau, EUA, 2011) cuenta la historia de David Norris (Matt Damon), un joven congresista de origen humilde que ha tenido un ascenso notable en la política norteamericana. Cuando su candidatura para el Senado es frustrada por un escándalo, una bella bailarina, Elise (Emily Blunt), aparece en su vida, lo inspira para seguir adelante y presentarse a las siguientes elecciones. Norris queda prendado de la chica y hace todo para estar con ella.
Sin embargo, la película da un vuelco hacia lo sobrenatural: hay un grupo de hombres, un equipo bajo las órdenes de una divinidad, que hará todo para impedir el romance. Existe un designio, un destino y el amor entre Elise y David haría que el futuro de éste quedara comprometido, lo cual no puede ser porque dios tiene otros planes.
Los agentes del destino es el debut como director del guionista de El ultimátum de Bourne, George Nolfi, quien ha adaptado el cuento “Equipo de ajuste”, publicado en 1954 por el escritor norteamericano Philip K. Dick (1928-1982), el mismo cuya obra ha inspirado un clásico del cine de ciencia ficción como Blade Runner. Dick es uno de los escritores de ciencia ficción de más impacto en la llamada cultura popular, como puede verse en la influencia que ha tenido en fenómenos como la saga Matrix y otras cintas a propósito de la realidad virtual.
Los espectadores de la versión ochentera de Dimensión desconocida, la famosa serie de televisión, seguramente recordarán otra referencia de Los agentes del destino, el episodio “A Matter of Minutes” (1986), inspirado a su vez en un cuento de Theodore Sturgeon, “Yesterday Was Monday”, de 1941.  
Nolfi ha convertido al hombre común del cuento de 1954, acobardado por el poder de un equipo capaz de alterar la realidad, en un astuto político que no es otra cosa que una variante de Jason Bourne, otro personaje interpretado por Damon que en su momento también tiene que enfrentarse contra un poder “globalizado” y de enormes recursos. El personaje de Dick es un sumiso; el de Nolfi, un héroe de acción, un títere que se rebela.
En el relato original hay vigilantes, funcionarios y convocadores. Estos últimos son una invención muy osada: seres que toman la forma de un animal, un vendedor de aspiradoras, es igual, según convenga. Los hombres trajeados de Nolfi, en cambio, están más cerca de la representación de los ángeles que vimos en El cielo sobre Berlín, película alemana con la cual Los agentes del destino tiene más de una deuda.
Y si bien el cuento de Dick es otro ejemplo de sus historias acerca de la fragilidad del mundo real, con un protagonista al que se toma por loco cuando en realidad es un visionario (lo cual en “Equipo de ajuste” deriva en una comedia de errores que no tiene ninguna gracia para el protagonista), Nolfi se inclina por el más puro romanticismo entre la pareja protagónica, capaz de desafiar el plan divino para estar juntos. Así lo ha visto buena parte de la crítica.
No obstante, sin perjuicio de la importancia que la relación amorosa tiene dentro de la historia, nos parece que son precisamente sus elementos religiosos los que condicionan su éxito. La interpretación de la cinta como una simple exaltación del amor romántico no puede llevarse a cabo sin anular las referencias “sobrenaturales”, que no son meramente gratuitas sino de gran importancia para la película.
Damon adivina la presencia de dios detrás de su extraña historia pero el “empleado” le llama “Presidente”; ustedes nos han dado otros nombres, dice. No sabemos con seguridad a qué dios se refiere la película. En el cuento de Dick, un anciano bondadoso y estricto habla con el protagonista en un “enorme aposento”. Al final todo mundo comparecerá ante mí, dice. La película nos muestra a un dios no del todo identificable, que sirva acaso para varias confesiones. Pero eso sería absurdo para un musulmán, por ejemplo, devoto de un dios incapaz de encarnarse y que nunca interactúa con sus criaturas por la sencilla razón de que ni siquiera conoce su existencia.
Los agentes del destino apuesta por la historia de amor aunque en un contexto divino que hace las veces de una fría maquinaria de intriga política y “sueño americano”.  

El triunfo del gran perdedor

Win Win. Ganamos todos (Win Win, EUA, 2011), de Thomas McCarthy, cuenta la historia de Mike (Paul Giamatti), un abogado con serios problemas económicos. Así, desesperado, descubre que puede conseguir un dinero extra si se compromete con el gobierno a cuidar de uno de sus clientes, Leo (Burt Young), un hombre rico con problemas de demencia senil. Sin embargo, como Mike está muy ocupado, no tiene pensado cumplir con todas las consecuencias del trato, al mismo tiempo que toma las precauciones para evitar que el gobierno se entere.
Un día aparece en el pueblo el joven Kyle (Alex Shaffer), nieto de Leo. El chico tiene una pésima relación con su madre, Cindy (Melanie Lynskey), quien pronto también llegará para amenazar la estabilidad que Kyle ha logrado bajo el cobijo de la familia de Mike. Todo eso mientras Cindy amenaza con denunciar los malos manejos del abogado.
El primer mérito de Win Win está en la elección de Paul Giamatti para el rol protagónico. Igual que en una de sus películas anteriores, Entre copas (Sideways, 2004), el actor interpreta en esta ocasión a un hombre intachable con vocación de mártir que, irónicamente, termina muy comprometido cuando se le ocurre cometer algún desliz. Miles, el experto bebedor de vino que Giamatti interpreta para Entre copas es despreciado por el amor de su vida cuando ésta se entera de que su pretendiente solapa las infidelidades de un amigo; ahora, en Win Win, el abogado tiene que lidiar con la posibilidad de que Kyle se entere de que está estafando al abuelo Leo.
El protagonista de Entre copas era un novelista frustrado quien se ganaba la vida como profesor en una escuela. En Win Win, Mike es un abogado al frente de un bufete que se desmorona, mientras que su gran pasión es la lucha grecorromana. Es el entrenador de un equipo juvenil que nunca gana, mismo que es redimido con la presencia del prodigioso joven Kyle, quien resulta un luchador experto. Así, el director Thomas McCarthy tiene el mérito de aprovechar, con éxito, las virtudes de un deporte que en el cine ha tenido una presencia muy esporádica. Las secuencias que nos muestran el ascenso del equipo de lucha no son para nada una concesión, sino que son constitutivas de la historia de la película, sobre todo en la medida en que sirven para definir el carácter de Kyle, quien no duda en definir el deporte como una forma más de sobrevivencia.
En otras películas como, digamos, la saga del Karate Kid, el problema es vencer a rivales de excepción, cosa que en Win Win Kyle tiene más que resuelta. Lo que importa es ver cómo los personajes resuelven problemas de la vida cotidiana, lejos de las epifanías de gloria personal contra los demonios interiores que son tan comunes en el cine de deportes.
El otro hallazgo de la película es Terry (Bobby Cannavale), el amigo de Mike, quien con su desfachatez sirve de perfecto contrapunto a la seriedad del entrenador. Lo mejor: la escena de la lucha improvisada frente a la casa, durante la cual Terry reclama su papel de réferi para mantenerse a salvo. De nuevo es como si Terry fuera como el pícaro compañero de aventuras que Thomas Haden Church interpretó para Entre copas.
Amy Ryan interpreta a Jackie, la esposa de Mike y su mejor escena involucra el interés del personaje por Jon Bon Jovi, el héroe local (la película está ambientada en New Providence, un pueblo de Nueva Jersey, el hogar del cantante). En general, el desempeño del elenco es excelente.
A propósito de música, en Win Win hay detalles como la canción metalera que el equipo de lucha libre usa para entrar “a escena”. Y, algo muy importante, la inclusión en la banda sonora de una composición del grupo norteamericano The National, quien en la secuencia final de créditos interpreta la balada “Think You Can Win”. 
Cine “familiar”, podría decirse, con abundantes elementos de comedia en una película que tiene alguna escena terrible (la pelea con la madre o el peligro que se cierne sobre el abogado). Sin embargo, estamos ante la curiosa aventura de un perdedor al que a veces las cosas le salen bien.