domingo, 4 de septiembre de 2011

El melodrama y los castores sí combinan

El títere que redime a un empresario. Mi otro yo/ El castor (The Beaver, EUA| Emiratos Árabes Unidos, 2011), es la más reciente película como directora de la norteamericana Jodie Foster, célebre por su papel de la agente del FBI Clarice Starling en El silencio de los inocentes (1991), por la cual recibió el Oscar a la mejor actriz. Foster, una figura cada vez menos dada a aparecer delante y frente a la cámara, nos presenta ahora su tercer largometraje como realizadora, después de su debut en 1991 con Mentes que brillan, aquel drama acerca de los sufrimientos de un sensible niño genio y sus dificultades para integrarse.
Mi otro yo también nos cuenta la historia de otro personaje marginado. Walter Black (Mel Gibson) es un empresario casi en la ruina y en depresión, quien vive aislado de su familia, su esposa Meredith (interpretada también por Foster) y sus dos hijos: un adolescente, Porter (Anton Yelchin) y el pequeño Henry (Riley Thomas Stewart). Para salir de su mutismo, Black tendrá la idea de usar un muñeco de ventrílocuo para comunicarse con su familia y empleados.
Mi otro yo ha estado rodeada del morbo propio de una cinta protagonizada nada menos que por un actor señalado como alcohólico, racista y maltratador de mujeres, en otros tiempos (no hace mucho) una súper estrella de Hollywood, ahora un paria. El relato, además, representa un reto para la verosimilitud, porque sin duda a ciertos espectadores no les parecerá creíble que un hombre sea controlado por un animal de peluche. Es decir, llega un momento en que el títere parece ser Black y no el castor. Así lo dice el crítico norteamericano Roger Ebert, quien expresa sus reparos hacia la propuesta principal del film (pueden ver su crítica en rogerebert.com).
La idea de un muñeco que sirve de terapia psicológica no es del todo ajena a la tradición fílmica. En una película muy distinta, ¿Qué pasa con Bob? (1991), de Frank Oz, aparecía un psiquiatra afecto a usar los muñecos de ventrílocuo para tratar de mejorar la comunicación con sus hijos. Claro, la cinta de Oz era una comedia que no tenía que enfrentarse a los problemas de este trabajo de Foster, a medio camino entre Gente como uno (1980), aquel melodrama de Robert Redford en su momento muy apreciado y el completo delirio de, pongamos, El club de la pelea y su protagonista esquizofrénico.
En efecto, Mi otro yo se salva de ser el enésimo melodrama acerca de una familia disfuncional por medio de la intervención de un elemento, el muñeco, que puede redimir la película o arruinarla. La parte más complicada es precisamente cuando el castor deja de ser sólo un simpático juguete que hace las delicias de los niños y se convierte en otra cosa, que no diremos. Mi otro yo, entonces, está en el filo de la navaja.
Lo mejor de la película está en la interacción de Gibson/ el castor con su hijo más pequeño. El niño parece ser el único capaz de lidiar con la extraña manía de Walter, convertido en un animal constructor, de ahí que la relación entre ambos sirva para canalizar la locura paterna, que así queda convertida en juego generoso con un infante.
Cuando el protagonista se convierte en una celebridad gracias a su extraña historia de éxito, la crítica no se deja esperar, cuando se nos muestra a una multitud entusiasmada con los logros de un muñeco y el hombre que está bajo sus órdenes, caso antológico de superación personal que aparece en las portadas de las revistas y en la televisión. 
La nueva película de Foster es un fracaso si se piensa que insiste en los viejos chantajes sentimentales que le han dado fama al melodrama. No obstante, es un éxito al hacer intervenir en una película de esas intenciones un elemento tan discordante, porque pareciera que la suerte de una familia (o dos, si se piensa en el romance del hijo con una compañera de escuela) depende de un juguete que interviene en la historia por azar y que al final tiene tanto peso como cualquiera de los otros personajes.
Atención a la ironía final del muñeco de feria, que aparece justo cuando los críticos dicen que en la película priva la concesión.